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III.   ESTADO DE LA CUESTIÓN

13.
El debate sobre la "clase creativa" y el crecimiento económico

José Miguel Sánchez Molinero

Imagen de Hong Kong

El libro de Richard Florida, The Rise of the Creative Class (2002), ha sido uno de los mayores éxitos de ventas escrito por un economista en los últimos años; y por ese mismo camino parece que va un segundo libro del mismo autor, secuela del anterior, que lleva por título The Flight of the Creative Class (2005). No cabe duda de que se trata de libros bien escritos, sumamente atractivos y llenos de ideas interesantes. Aunque la novedad de estas ideas resulte bastante discutible. A pesar de lo cual, las tesis de Florida han tenido un impacto considerable, sobre todo entre los especialistas en economía regional y los policy-makers relacionados con la planificación de las ciudades. A continuación trataré de resumir el "estado de la cuestión" en torno a las ideas de Richard Florida.

Libro: The Rise of the Creative Class
Libro: "Struggling with the creative class" International Journal of Urban and Regional Research.
Libro: The Flight of the Creative Class
Libro: “The rise of the skilled city” NBER Working Paper Series 10191, 2003.
Libro: “Skills and creativity in a crosssection of dutch cities”

La tesis básica de The Rise of the Creative Class se podría resumir diciendo que la causa principal del crecimiento económico, sobre todo en los países avanzados del mundo actual, es la creatividad humana. En palabras de Florida, "la habilidad para desarrollar nuevas ideas y para mejorar la forma de hacer las cosas es lo que, en última instancia, hace que aumente la productividad y los niveles de vida" (Florida, 2002:xiii). Esto quizás parezca una obviedad, pero no lo es. En el mundo antiguo, por ejemplo, podríamos decir que el principal factor determinante de la "riqueza de las naciones" era la disponibilidad de recursos naturales, es decir, las tierras, las vías de comunicación, etc. Más adelante, con el "advenimiento" de la civilización industrial, los recursos naturales parece que pierden importancia como factor de crecimiento frente a la mera acumulación de capital físico, consecuencia a su vez de la ahorratividad de la gente. Al menos ésta es la historia que nos cuentan los modelos tradicionales de crecimiento económico, empezando por los de corte clásico, como el de Ricardo, y terminando con los "neoclásicos", en la línea de Robert Solow. En todos estos modelos el progreso técnico –es decir, la "creatividad"– aparece como una fuerza residual y exógena.

Hoy día, sin embargo, tendemos a pensar que el principal factor determinante del crecimiento no es el capital físico, sino el capital humano, entendido desde luego en un sentido bastante amplio. Con esto quiero decir que al hablar de capital humano no debemos pensar exclusivamente en la educación, la experiencia y las habilidades de los trabajadores: tenemos que pensar también en la capacidad innovadora y en los valores de la gente, así como en la calidad de las instituciones. Al menos estos son los factores que destaca la moderna teoría del crecimiento, sobre todo la que se ha venido desarrollando desde mediados de los años ochenta.

La tesis básica de Richard Florida sintoniza perfectamente con esta teoría. Él habla de "las tres T del crecimiento", tecnología, talento y tolerancia, que serían los tres factores esenciales de cualquier proceso de crecimiento sostenido. Florida utiliza el término "tecnología" para referirse a la innovación y a la concentración de industrias "avanzadas" o "de primera línea". El "talento" hace referencia al capital humano, pero no al capital humano en el sentido tradicional –el número de personas con educación superior– sino el número de personas en ocupaciones "creativas", categoría en la cual se incluirían los científicos, los ingenieros, los artistas, los músicos, los cantantes de rock, los diseñadores de moda y un largo etcétera. Todas estas profesiones constituyen, según Florida, la "clase creativa", a la cual se supone que pertenece aproximadamente un tercio de la fuerza de trabajo de los Estados Unidos. Finalmente, está el factor "tolerancia", que hace referencia a los valores típicos de una sociedad abierta, sobre todo el respeto por la iniciativa individual y la capacidad para convivir con el prójimo, aunque provenga de una cultura diferente o su estilo de vida no coincida con el nuestro.

Para Florida, la creatividad de una sociedad es una amalgama de estos tres factores: se supone que las personas con talento, cuando disponen de los medios tecnológicos adecuados y viven en un ambiente agradable y tolerante, desarrollan su creatividad al máximo, y esta creatividad se traduce en continuas innovaciones que hacen que la economía avance.

El análisis de Florida tiene una dimensión espacial, que es donde se encuentra su aspecto tal vez más novedoso y polémico. Él sostiene que, así como en otros tiempos el trabajo "iba detrás" del capital –es decir, los trabajadores iban allí donde había fábricas–, hoy en día es el capital el que sigue los patrones de localización del trabajo. Pero no del trabajo en general, sino del trabajo "creativo". En otras palabras, las preferencias geográficas de la clase creativa son las que determinan la localización de las industrias, por lo menos de las industrias de tecnología avanzada, que son el verdadero motor del crecimiento.

Según Florida, los individuos "creativos" no se mueven únicamente por dinero: también se mueven por intereses ecológicos y culturales. Se supone que esta gente tiene una marcada preferencia por las comunidades que saben combinar el respeto por la naturaleza con las artes y el pluralismo cultural, todo ello en un clima de máxima tolerancia. Por eso, estas comunidades acaban convirtiéndose en "polos de crecimiento". Florida elabora un "índice de tolerancia" a partir de elementos tales como el porcentaje de individuos nacidos en el extranjero que residen en cada comunidad, el grado de integración racial –convivencia de individuos de distintas razas–, el porcentaje de gays y de "bohemios" que viven en cada zona, etc. Y analiza la correlación de este índice con otros indicadores que miden la tecnología y el talento. La conclusión que obtiene es que el "índice de tolerancia" tira de los otros dos.

A partir de este análisis, Florida llega a una conclusión para la política económica: para lograr un estado de prosperidad continuada es preciso invertir en todas las formas posibles de creatividad. No basta con mejorar la educación y gastar dinero en investigación y desarrollo; hay que invertir en las artes, la música, el diseño, etc., y "crear espacios" para la diversidad cultural y para que la gente pueda expresarse libremente. Evidentemente, este tipo de medidas exigiría un alto grado de intervencionismo por parte de las autoridades públicas, sobre todo de las encargadas de la planificación urbana. No es sorprendente que algunos críticos hayan acusado a Florida de promover el gasto público en proyectos de dudosa rentabilidad social.

En cualquier caso, lo más interesante del análisis de Florida es la significación que otorga a la tolerancia en el proceso de crecimiento económico. Él nos dice que las ciudades, o las áreas geográficas, más tolerantes crecen más porque son lugares atractivos para vivir; por eso estas zonas atraen a la gente creativa, y la gente creativa actúa como un imán sobre el capital y la tecnología avanzada. Como cabría esperar, esta conclusión no ha estado exenta de debate. En este sentido me parecen particularmente relevantes las críticas de Edward Glaeser y Albert Saiz (2004) y Terry Nichols Clark (2004).

Según Glaeser y Saiz, la dotación de capital humano en el sentido convencional, es decir, la educación de la fuerza de trabajo, es suficiente para explicar las diferencias de crecimiento entre las ciudades de los Estados Unidos sin tener que recurrir al "factor tolerancia": simplemente, las ciudades más educadas son más "productivas" que las menos educadas, y por eso crecen más. En las regresiones de Glaeser y Saiz, el "factor tolerancia" no añade nada sustancial a la explicación de por qué unas ciudades son más dinámicas que otras. Este resultado se podría interpretar también diciendo que los individuos más educados, se adaptan mejor al cambio técnico que los menos educados; y por eso las ciudades habitadas por gente educada son más dinámicas, no porque sean lugares más tolerantes o más atractivos para vivir.

Terry Nichols Clark, por otra parte, ha investigado la importancia de los atractivos urbanos en las decisiones de localización de los distintos grupos sociales. Este autor distingue dos tipos de atractivos: los "naturales" (clima, playas, parques naturales) y los "construídos" (museos, teatros, vida nocturna). Los datos que utiliza proceden de una amplia muestra referente a más de 3.000 distritos (condados) de los Estados Unidos, y la conclusión más importante es que no todos los grupos sociales se comportan de la misma manera. En concreto, las personas mayores y los jubilados en general son claramente sensibles a los atractivos "naturales", pero no lo son tanto ante los atractivos "construidos". En cambio, si nos fijamos en el grupo formado por los individuos con educación superior ocurre exactamente lo contrario. Por otra parte, los individuos más creativos, los productores de patentes, tienden a vivir en zonas donde se dan ambos tipos de atractivos. Finalmente, Nichols Clark destaca que el porcentaje de gays en la población, uno de los factores que más enfatiza Florida como indicativo de un ambiente urbano tolerante y atractivo, no ejerce ninguna influencia en las decisiones de localización analizadas.

Florida ha replicado a muchos de sus críticos aportando nuevos datos que, según él, refuerzan las conclusiones de The Rise of the Creative Class. En esta línea se encuentra su libro Cities and the Creative Class, publicado en 2004, que es esencialmente un complemento del anterior. Este libro no ofrece ninguna tesis nueva: simplemente se limita a reforzar con datos más elaborados los argumentos expuestos en The Rise of the Creative Class. Pero el pensamiento de Florida ha seguido evolucionando y esta evolución ha quedado plasmada en un nuevo libro: The Flight of the Creative Class (2005). En esta obra básicamente se discute lo que Florida denomina "nueva competencia global por el talento", y se destacan las debilidades de Estados Unidos en relación con este proceso. La tesis de Florida es que el potencial de crecimiento de la clase creativa en Estados Unidos se ha visto seriamente perjudicado por las restricciones a la inmigración impuestas a raíz de los atentados del 9 de septiembre de 2001. A esto habría que sumar el creciente conservadurismo de la sociedad americana, o por lo menos de algunas partes del país, algo que el autor atribuye a la política del presidente Bush: América se ha hecho más intolerante, sostiene Florida, y eso implica un serio hándicap en esa "competición global por el talento", en la cual empiezan a contar, cada vez más, países como Irlanda, Finlandia, Suecia, Canadá, Australia y Nueva Zelanda. El hecho de que algunos de estos países tengan las tasas impositivas más altas del mundo no parece inquietar demasiado a Richard Florida. Se supone que esto son "inconvenientes menores", y que lo que realmente cuenta es el clima de tolerancia.

Imagen “Subiendo y bajando”, M.C. Escher, 1960.

Quizá convendría agregar algo acerca del eco que todo este debate sobre la creatividad ha tenido en Europa. Como "botones de muestra" permítaseme comentar aquí, muy brevemente, dos trabajos.

En primer lugar mencionaré un artículo de Gerard Marlet y Clemens van Woerkens (2004). En este trabajo se compara la teoría de la clase creativa de Florida con el enfoque convencional de la teoría del capital humano sobre la base de un cross-section de ciudades holandesas. La conclusión fundamental es que el crecimiento del empleo en estas ciudades se puede predecir tanto a partir del nivel medio de educación como a partir del tamaño de la clase creativa de cada localidad. Aunque también se nos dice que la calidad estadística de las predicciones mejora al utilizar el enfoque de la clase creativa. Los autores enfatizan, siguiendo la línea de Florida, que no todos los miembros de la clase creativa son necesariamente "gente educada": por ejemplo, en esta clase habría que incluir a los cantantes de rock, los diseñadores de modas y muchos otros profesionales cuyo nivel educativo no tiene por qué ser muy alto.

En segundo lugar me referiré al informe elaborado por el propio Richard Florida juntamente con Irene Tinagli (2004) sobre la creatividad en Europa Occidental. En dicho informe se llega a la conclusión de que el "epicentro de la competitividad" en este lado del Atlántico se está desplazando desde los centros tradicionales, básicamente Francia, Alemania y el Reino Unido, hacia un nuevo conjunto de países donde destacan Irlanda, Finlandia, los países escandinavos, Holanda y Bélgica. El informe hace uso de un "índice europeo de creatividad" construido a partir tres índices previos: uno de tecnología, otro de talento y otro de tolerancia. Aunque el procedimiento es, en líneas generales, similar al utilizado por Florida para las ciudades americanas, hay que señalar que el índice de tolerancia europeo no se parece mucho al de Estados Unidos. El índice europeo no se construye a partir de datos (presuntamente) objetivos, como serían los porcentajes de inmigrantes, gays y "bohemios" en la población total, sino que se basa en unas encuestas de opinión bastante discutibles. Siguiendo la pauta marcada en el World Values Survey (Inglehart y Baker, 2000), estas encuestas consisten, básicamente, en una serie de preguntas acerca de Dios, la religión, la familia, el divorcio, el aborto, etc. Se podría decir que estamos ante un "índice de secularización", es decir, un índice que intenta medir el grado de aceptación de los valores seculares frente a los tradicionales. Hasta qué punto es legítima la asociación secularismo-tolerancia es un asunto complejo y debatible. Pero esa es otra cuestión en la que no vamos a entrar aquí.

Imagen: Vista nocturna del centro financiero de Singapur

Me gustaría concluir con una breve reflexión sobre los índices de tolerancia de Florida y su influencia en los procesos de crecimiento. Antes de dar por buenas las tesis de este autor, uno tendría que preguntarse si el "factor tolerancia" resulta tan crucial en Extremo Oriente como al parecer lo es en el mundo occidental. Desde luego, da la impresión de que las sociedades de Extremo Oriente, me refiero sobre todo a Japón, Corea, Taiwan, Hong-Kong y Singapur, no son particularmente tolerantes, al menos de acuerdo con criterios occidentales. Es más, si al hablar de tolerancia automáticamente pensamos en el secularismo típico de Europa Occidental, es posible que el concepto resulte inaplicable a los países antes mencionados. No obstante, es evidente que se trata de unas economías sumamente dinámicas. ¿Tiene este dinamismo algo que ver con la tolerancia? En definitiva, lo que deseo destacar es que para apreciar la verdadera influencia de los factores culturales en los procesos de crecimiento económico hay que hacer comparaciones entre culturas, y esas culturas tienen que ser realmente diferentes. El análisis de Florida parece excesivamente circunscrito al ámbito de la cultura occidental, que en el fondo es bastante homogénea. Por ello, es difícil saber si la tolerancia, tal como la entiende Richard Florida, es realmente causa del crecimiento económico o simplemente un rasgo cultural más o menos accidentalmente asociado a algunos procesos de crecimiento.