Libros de Economía y Empresa - Fundación Caja Duero

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V I I .   DOCUMENTOS

18.
Reseñas sobre la obra de Schumpeter.

R.G. Hawtrey y A. W. Coats.

Libro: Capitalism, Socialism and Democracy (1942)

Este es un tema que proporciona al profesor Schumpeter la oportunidad de dar lo mejor de sí mismo. Aborda cuestiones relacionadas con las instituciones y tendencias económicas desde el punto de vista de un interés animado y amplio en la naturaleza humana.

El libro comienza con un análisis crítico de la doctrina marxista: Marx el Profeta tuvo éxito al “entramar juntos aquellos deseos extra racionales que la religión decadente había dejado correr por todas partes como perros sin dueño, y las tendencias racionales y materialistas del tiempo” (p. 6). Marx el Sociólogo “unió el destino del fenómeno de clases con el sino del capitalismo” (p. 9). Marx el Economista fue un seguidor de Ricardo (p. 22), pero no simplemente un seguidor. Su única gran hazaña verdadera fue “ver y enseñar de una forma sistemática cómo la teoría económica puede convertirse en un análisis histórico, y cómo la narrativa histórica puede convertirse en histoire raisonnée”, en vez de asignar los hechos de la historia económica a “un compartimiento separado” (p.44).

Le sigue la parte II, “¿Puede el capitalismo sobrevivir?”. El profesor Schumpeter tiene su propio punto de vista individual respecto a la forma en que opera el capitalismo. La teoría marxista de la explotación, dependiendo del efecto de una reserva de trabajo perpetua manteniendo los salarios por debajo del nivel de subsistencia, es refutada por la experiencia (pp. 34-37). Él mismo pertenece a la escuela de pensamiento que considera el beneficio como una excrecencia del sistema económico, de tal forma que en el estado estacionario no existirían ni el beneficio ni el interés.

Desde su perspectiva, el beneficio procede de la “innovación”, y emplea el término empresario para nombrar a aquél que inicia una innovación. “el impulso fundamental que monta y mantiene en funcionamiento el motor del capitalismo procede de los nuevos consumidores de bienes, los nuevos métodos de producción o de transporte, los nuevos mercados, las nuevas formas de organización industrial, que el empresario capitalista crea” (p. 83). “Al considerar el capitalismo, estamos tratando un proceso evolutivo”; el capitalismo “es por naturaleza, un método de cambio económico, y no sólo no es estacionario sino que nunca puede serlo.”

Incluso los beneficios del monopolio son de escasa importancia, aunque “hay o puede haber un elemento de genuina ganancia del monopolio en aquellos beneficios empresariales que son los premios que proporciona la sociedad capitalista al innovador que tiene éxito” (p. 102).

El profesor Schumpeter pregunta, “¿Puede sobrevivir el capitalismo?”. Responde que “no, no creo que pueda.” (p. 61).

Podría suponerse que si la innovación es “el impulso fundamental que monta y mantiene en funcionamiento el motor del capitalismo”, el final vendría mediante el agotamiento de las posibles innovaciones. En el capítulo X vuelve a considerar la perspectiva de una “desaparición de la oportunidad de inversión”. En su opinión, “no hay razón para esperar una disminución de la tasa de producto a través del agotamiento de las posibilidades tecnológicas” (p. 118), incluso cuando predominan los mecanismos “de ahorro de capital” (pp. 119-120). Pero en el capítulo XII plantea la posibilidad de que “las necesidades económicas de la humanidad podrían estar tan completamente satisfechas que existiría muy poco motivo para promover el esfuerzo productivo mucho más” (p. 131). Si se supusiera también que las mejoras en los métodos de producción han alcanzado su límite, “sobrevendría un estado más o menos estacionario… No habría nada que los empresarios pudieran hacer… Los beneficios y, junto con los beneficios, el tipo de interés convergerían hacia cero. Los estratos burgueses que viven de los beneficios y del interés tenderían a desaparecer.”

“Para el futuro calculable”, comenta el profesor Schumpeter, “esta visión no es importante. Pero se concede la mayor importancia al hecho de que muchos de los efectos… pueden también esperarse de un desarrollo que ya es claramente observable. El propio progreso puede mecanizarse.”

Explica (p. 132) que “la propia innovación se está reduciendo a rutina. El progreso tecnológico se está convirtiendo cada vez más en el negocio de los equipos de especialistas cualificados que producen lo que se necesita y que realizan su trabajo de una forma previsible… Por lo tanto, el progreso económico tiende a ser despersonalizado y automático. El trabajo de oficina y el trabajo a través de comisiones tienden a reemplazar el liderazgo individual, actuando por virtud de la fuerza personal y de la responsabilidad personal para conseguir el éxito, y esto afecta a los estratos burgueses que hasta ahora han sido restablecidos y fortalecidos por la inclusión dentro de ellas de los empresarios y de sus familias. La burguesía “depende del empresario, y como clase vive y morirá con él.”

“Si la evolución capitalista –“progreso”– cesa, o llega a ser completamente automática, la base económica de la burguesía industrial se reducirá finalmente a salarios como los que se pagan por el trabajo administrativo actual, exceptuando los residuos de las cuasi rentas y de las ganancias monopolizadas que puede esperarse que se mantengan durante algún tiempo” (p. 134). Sin duda, existe una tendencia del innovador autónomo individual a ser sustituido por el gran negocio. Este último puede ofertar financiación y organización a las nuevas partidas más allá de su alcance original. Y los individuos pueden descubrir oportunidades en su propio empleo.

Pero no queda claro que esto presagie un desmoronamiento del capitalismo. Puede transformar el carácter de las clases medias, pero el profesor Schumpeter mantiene que hasta ahora las clases medias desarrolladas en el capitalismo han carecido de las cualidades necesarias para el liderazgo político y han dependido de los residuos del feudalismo para proporcionar una clase gobernante. ¿Es posible que la nueva clase media no esté mejor cualificada no sólo para manejar la actividad económica sino para alentar a la comunidad política? En cualquier caso, si es una aproximación a la clase media socialista, presumiblemente una clase media totalmente socialista no lo haría mejor.

Su postura respecto al futuro está condicionada por su teoría sobre el beneficio. Y su idea de que sin un comportamiento innovador por parte de los individuos la empresa que busca beneficios desaparecerá o llegará a carecer de importancia es, con seguridad, un importante error. De hecho, su teoría es un ejemplo más de la propensión que tienen los economistas a proporcionar razones convincentes sobre el beneficio. La teoría de la explotación de Marx pertenece a las falacias de épocas pasadas. Pero la época presente también tiene sus falacias. La búsqueda de beneficio que el comunismo suprimiría no es independiente de las innovaciones o de los monopolios. Surge, con todas sus anomalías y abusos, del mecanismo de competencia, perfecta o imperfecta y es la remuneración que se obtiene por vender poder. Por lo tanto, persistiría en el estado estacionario, o ante condiciones de progreso despersonalizado o automatizado. Con todo, la búsqueda de beneficio sería el objeto del ataque. Conforme los buscadores de beneficio lleguen a ser cada vez menos numerosos, están más expuestos a ser atacados por la multitud, ya sea mediante una acción revolucionaria o por la operación pacífica de la democracia.

Foto familiar de Schumpeter en 1948

Entre el socialismo y la democracia, tal y como los concibe el profesor Schumpeter, no existe una necesaria relación, pero no hay incompatibilidad (p. 284). Es escéptico respecto a la doctrina clásica sobre la democracia, postulando una voluntad popular (capítulo XXI). Pero su propia definición de ella, como un método “por el cual, los individuos adquieren el poder para decidir [en el ámbito político] a través de los medios de una contienda competitiva por el voto de las personas”, no resulta con seguridad adecuada. La contienda competitiva que tiene lugar cuando existe una división de opiniones, y los partidos ofrecen gobiernos alternativos, es un desarrollo frecuente y estimulante en las democracias. Pero sucede a menudo que no hay competencia ni contienda; la preferencia del electorado por un grupo concreto de estadistas se reconoce que es decisiva, y las oposiciones se limitan a grupos ocasionales de críticos.

Es más, la contienda por el poder, si no es para ser democrática, tiene que ser para persuadir. Las democracias reales son imperfectas, y se adultera la persuasión a través de la intimidación y de la corrupción, que no son parte del método democrático.

La actitud del profesor Schumpeter respecto a la democracia, así como respecto al socialismo y al capitalismo, es de tolerancia aunque las critica de una forma irónica. Cualquiera se entusiasma con los grandes temas, pero no será él. Sin embargo, es una aportación muy saludable. Su libro está lleno de sabiduría, incluso de tipo imparcial y fantástica.

Libro: History of Economic Analysis (1954)

Los economistas en general, y los historiadores de la economía en particular, han esperado durante mucho tiempo la publicación de la última obra monumental del profesor Schumpeter, la Historia del análisis económico. Desde la aparición de su Epochen der Dogmen-und Methodengeschichte en 19121, ha tenido interés directo en la historia de la economía, y este volumen es el resultado del pensamiento, investigación y enseñanza de toda una vida.

Joseph Alois Schumpeter (1883-1950)

Elaborado en una escala ambiciosa, la Historia se diseña para retratar “la filiación de las ideas científicas –el proceso por el que los esfuerzos de los hombres para comprender los fenómenos económicos, producen, mejoran y derriban las estructuras analíticas en una secuencia sin final” (p. 6). Pero aunque esta declaración describe con exactitud el propósito del volumen, al llevar a cabo este propósito, Schumpeter se aventura más allá de los límites de análisis económico per se, y este elemento “individualiza”efectivamente la realización. En cada uno de los cuatro periodos considerados –parte II, Desde los comienzos hasta 1790 (325 págs.); parte III, de 1790 a 1870 (371 págs.); parte IV, de 1870 a 1914 (y después) (382 págs.), y parte V, conclusión, un bosquejo de los desarrollos modernos (45 págs.)– se realiza un intento concienzudo para pintar el “Escenario intelectual” y el “Trasfondo sociopolítico” y esbozar los principales sucesos históricos que afectan al pensamiento económico. Además, la parte I se ocupa del Alcance y Método (págs. 3-47), mencionando las técnicas del análisis económico, los desarrollos contemporáneos en otras ciencias y la Sociología de la Economía.

Los rasgos distintivos de la Historia se demuestran en la parte I, donde Schumpeter presenta el esqueleto conceptual que hay que vestir en las siguientes páginas. Pocos economistas, si es que hay alguno, están mejor equipados para exponer el desarrollo del análisis económico ante tantas ideas y sucesos que provienen del pasado, y aunque los esbozos históricos son inevitablemente escuetos y de alguna manera muy simplificados, inevitablemente aclaran la principal historia y aumentan el respeto y la admiración del lector por la inmensa erudición del autor.

En toda la obra se reconoce el inconfundible sello de la personalidad de Schumpeter, hasta tal extremo que hace recordar las Lecture Notes de Wesley Mitchell, publicadas en 1949. El elemento personal está presente no sólo en los característicos aciertos verbales –tales como las referencias a la “hipocondría metodológica” (p. 534), “el estofado” de Roscher (p. 741), “la rabia sistemática” de Wagner (p. 851), y respecto al talento de Dupont de Nemours “el de un pianista pero no el de un compositor” (p. 226)– y en la forma en la que el lector es llevado hacia la confidencias que hace el autor, sino también en un sentido más profundo. Schumpeter reivindica que mientras “no existe un significado objetivo del término progreso en los temas económicos o en cualquier otra política” (p. 40), el progreso es claramente identificable en la economía científica; no obstante, concede que al realizar “evaluaciones de calidad analítica” los juicios de valor son “lícitos e inevitables en la historia de la economía científica” (p. 348).

Estas valoraciones personales son evidentes en sus comentarios sobre la naturaleza de la evolución científica. En ninguna otra historia de la economía se han dibujado dichas distinciones metodológicas efectivas entre los diversos aspectos del trabajo científico. Dice que “Los bajos estándares de rigor y el sentimentalismo a la hora de pensar han sido los peores enemigos de la economía científica que han influido en la política” (p. 233), añadiendo que la confusión entre los asuntos científicos e ideológicos de una determinada realización ha impedido frecuentemente el reconocimiento del mérito analítico. La simple habilidad técnica no es suficiente, ya que “precisamente las consecuciones más importantes de la ciencia no proceden de la observación o experimentación y la ordenada lógica del regateo, sino de algo que se denomina mejor visión y es parecido a la creación artística” (págs. 113-114). Afirma que la ausencia de visión o “la falta de imaginación” es “mucho peor que una técnica defectuosa” (p. 684) y, en comparación con los economistas clásicos, cuya teoría del desarrollo sufre de “una falta completa de imaginación” (p. 571), la visión de Marx del proceso económico recibe grandes elogios.

Joseph Alois Schumpeter. Historia del análisis económico

La contribución más importante que un teórico puede hacer respecto al avance de la economía científica es mediante su percepción del sistema. “Esta interdependencia omnipresente (de los fenómenos económicos) es el hecho fundamental, cuyo análisis es la fuente principal de las adiciones que la actitud especialmente científica tiene que hacer para el conocimiento práctico del hombre de los fenómenos económicos… La historia del análisis económico o, en todo caso, de su núcleo “puro”, desde Child a Walras podría escribirse en términos de esta concepción gradual que surge a la luz del conocimiento” (p. 242). Esto explica el veredicto de Schumpeter de que Walras es el más grande de todos los economistas puros; y también señala la importancia que da al modelo Cantillon- Quesnay del sistema económico.

Sobre los temas generales de interpretación, los párrafos que seguramente provocan más controversia en este país son los que se refieren al pensamiento económico británico desde 1776. Sin embargo, la visión general que se proporciona no sorprende a los lectores del Schumpeter de los primeros escritos. El punto de luz se dirige desde las estrellas establecidas –especialmente Smith y Ricardo– hacia a aquellos que habitualmente se consideran como actores secundarios. Schumpeter demuestra claramente hasta dónde la Wealth of Nations es un producto del siglo dieciocho, manteniendo que “no contiene una única idea analítica, principio o método que fuera completamente nueva en 1776” (p. 184). Se hace un justo reconocimiento al “inestimable talento de liderazgo” de Ricardo (p. 473), y a su “motor de análisis” como un avance decisivo” (p. 474), pero se resaltan dos importantes debilidades en un intento de reducir la importancia analítica de su contribución a sus “propias proporciones” (p. 475). La primera, denominada el “vicio ricardiano”, se refiere al “hábito de apilar una gran cantidad de conclusiones prácticas sobre bases poco sólidas, que por su simplicidad no sólo parecían atractivas, sino también convincentes” (p. 1171), y esto cuando se refuerza con el “Arte de la Trivialidad… lleva a la víctima, paso a paso, a una situación en la que tiene que claudicar o burlarse por negar que, en el momento en el que se alcanza esa situación, es realmente una trivialidad” (p. 653, nota). El segundo defecto es el denominado “desvío” ricardiano, una expresión que recuerda a la famosa acusación de Jevons. Schumpeter sostiene que Ricardo llevó a sus seguidores hacia el estudio más ventajoso del “problema de la distribución como un problema de valoración” y “los factores que explican el tamaño y la tasa de cambio del Producto Social” (p. 568) al estudio de la “teoría del valor trabajo” (p. 560). Es más, añade que esto implica “que Ricardo esta completamente ciego respecto a la naturaleza, y al lugar lógico en la teoría económica, coque tiene el aparato oferta y demanda y que le llevó a representar una teoría del valor distinta y opuesta a la suya propia. Esto le concede poco crédito como teórico” (p. 601).

Schumpeter en Harvard

Estas son acusaciones graves que inevitablemente provocarán discusión. Para nosotros es suficiente decir que la opinión de Schumpeter sobre el análisis de la distribución y de la utilidad y de sus partidarios británicos está completamente de acuerdo con la investigación reciente. Aunque las valoraciones personales tienen su papel, existe una amplia evidencia de la buena disposición de Schumpeter a reconocer una amplia variedad de contribuciones. Los economistas especialmente elogiados son Serra, Misselden, Botero, Galiani, Turgot, Cournot, Moore y Fisher. Se señala el mérito de los seguidores inmediatos de Ricardo, se reconoce la gran reputación de John Stuart Mill y se alaba generosamente la grandeza de Marshall. Por otro lado, se reprende severamente a los líderes de la Escuela Austríaca por sus técnicas inadecuadas que les conducen a callejones sin salida (págs. 916-917), aunque trata con alguna indulgencia los errores de Böhm-Bawerk.

Merece una especial atención el tratamiento de Schumpeter de la literatura medieval, ya que supera de lejos cualquier análisis previo de este periodo en las historias de la economía. A la observación de Marshall “todo está en A. Smith”, Schumpeter está tentado de replicar “todo está en la escolástica” (p. 309). Puede decirse justamente que expone demasiado libremente la sabiduría desde la retrospectiva, y expresa en ocasiones una sorpresa innecesaria sobre el lento desarrollo de ideas sugerentes. Pero traza una distinción fructífera entre originalidad “objetiva” y “subjetiva” en las obras consideradas.

A primera vista, la Historia de Schumpeter puede decepcionar a los economistas profesionales. Sin embargo, el propósito pedagógico del libro (p. 4) justifica sus características de libro de texto, los “ejercicios” que proporcional al lector y la calidad “insípida” de algunos de sus comentarios explicativos. Podría decirse que el libro se diseñó para un estudiante que sabe más de lo habitual. Si a los análisis teóricos les falta novedad, se debe en parte a que las opiniones de Schumpeter son bien conocidas, y en parte a que confía en gran medida en estudios previos elaborados por autoridades reconocidas como Cannan, Hayek, Marget, Stigler y Viner. Frecuentemente, en el texto comenta las dificultades, que a veces elabora en notas a pie de página, pero que a menudo no coloca de forma adecuada. Éste es el precio a pagar por el enorme material de apoyo que se tiene y que a algunos lectores les parecerá excesivo. El libro, según el punto de vista de cada uno, es demasiado corto o demasiado largo.

En conclusión, hay que rendir tributo a la magnífica tarea editorial realizada fervientemente por la última Sra. Schumpeter y sus ilustres colaboradores. Algunas imperfecciones son inevitables. Los índices y las referencias cruzadas son inadecuados; existen unos pocos errores de imprenta y pequeñas inexactitudes; y las diferentes clases de tipos (de letra) son en ocasiones confusos. Pero estas deficiencias son demasiado insignificantes como para quitar mérito al libro en su conjunto. Es un monumento excepcional a la carrera de Schumpeter y será durante mucho tiempo un clásico.

1  Recientemente traducida por R. ARTIS, con el título Economic Doctrine and Method.