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III.   UN MAESTRO-UN LIBRO

12.
Los Principios de Economía Política de Malthus

Rogelio Fernández Delgado

Foto: Thomas Robert Malthus

Sabemos que uno de los economistas más influyentes del siglo XX, por no decir el más influyente de todos, afirmó que habría mayor cordura y riqueza hoy en el mundo si el tronco de la economía política del siglo XIX hubiera sido Thomas Robert Malthus, y no David Ricardo. Ante afirmaciones de tal calibre, no queda por menos que asombrarnos y, al menos, citar al panegirista y estudiar al glorificado. El laudatorio es obra de John Maynard Keynes, y su sentencia la podemos encontrar en “Thomas Robert Malthus”, en Essays in Biography, vol. X, The Collected Writtings of John Maynard Keynes, editados por los profesores Sir Austin Robinson y Donald Moggridge, McMillan. Con relación al ensalzado y su obra, dejando a parte su Ensayo sobre el principio de la población (1798), y con objeto dejar a los lectores la posibilidad de verificar la exactitud o no de la cita de Keynes, acaba de aparecer una nueva edición de Los Principios de Economía Política (1820), de Thomas Robert Malthus, una magnífica edición preparada por el profesor Miguel Ángel Galindo Martín, donde, tomando como base la segunda edición que Malthus realizó de su Principios en 1836, podemos disfrutar de una cuidadosa presentación en la cual el profesor Galindo no sólo se esfuerza por contextualizar la obra de Malthus, presentándonos aquellos aspectos socioeconómicos del Reino Unido que indudablemente debieron incidir en la publicación de los Principios, sino, también aporta unos apuntes biográficos y comentarios de los temas más relevantes tratados por Malthus, así como algunas cuestiones particulares respecto a la edición de la obra. Una presentación digna de agradecer al profesor Galindo Martín de la que destaco el estudio que, en forma de notas a pie de página, recoge información sobre algunas ideas y los autores que cita Malthus, junto a las observaciones y críticas que realizó David Ricardo a la primera edición de los Principios, críticas que aparecen en su Notes on Malthus’s Principles of Political Economy. Todo un trabajo del editor que proporciona un elevado valor añadido a esta nueva edición, puesto que no sólo simplifica la labor de investigación, sino que también permite disponer en un solo volumen de los argumentos de dos grandes economistas que protagonizaron sonados enfrentamientos teóricos en el seno de la denominada escuela clásica inglesa de economía política.

Foto: Jean-Baptiste Say y la segunda edición de Traité d’économie politique y retrato de David Ricardo

El primer lunes de cada mes, entre diciembre y junio, se reunía el Club de Economía Política de Londres, fundado en 1821 por el estadístico Thomas Tooke. El Club contaba con los más importantes economistas, hombres de negocios, financieros, abogados, altos funcionarios y hombres como Thomas Robert Malthus, Robert Torrens, John Ramsay McCulloch, David Ricardo y Jean-Baptiste Say. En estas reuniones se elegían temas de interés, y servían de foro de discusión y debate donde se analizaban y discutían aquellos asuntos económicos que eran considerados más importantes (Reeder, J: “Estudio preliminar” en David Ricardo, Principios de economía política y tributación, Pirámide, 2003:19). Se trataban cuestiones que tenían que ver con los impuestos, la cuestión de la maquinaria y sus efectos sobre la demanda de trabajo, y el tan célebre asunto, y a la vez popular por su facilidad de comprensión para el público y charlatanes en general, pero con implicaciones teóricas complejas, de si podía ocurrir que los empresarios tuvieran dificultades a la hora de vender lo producido. Con toda probabilidad, este último asunto lo debió de proponer el propio Malthus, puesto que una de las principales ideas que defiende en sus Principios es que una demanda efectiva insuficiente puede provocar una disminución permanente de la producción, dando lugar a un exceso de oferta, incumpliéndose así el principio expuesto por Jean-Baptiste Say en su Traité d’économie politique (1815) por el que la producción abre mercados, es decir, crea la demanda: la denominada ley de los mercados que afirma que todo lo que se produce se vende, y que Keynes bautizó con el nombre de Ley de Say.

Libro: Una de las primeras ediciones de Principles of Political Economy, de Thomas Robert Malthus

Atacaba Malthus de esta forma la denominada Ley de Say, que afirma que la oferta crea su propia demanda. Una crítica que, por la facilidad con la que esta Ley fue asimilada por la corriente principal de la economía clásica, lo marcó indeleblemente como un disidente entre los economistas. Es más, como sostiene el profesor Mark Blaug en su estudio de la ley de Say y la teoría monetaria clásica en su Teoría económica en retrospección (Fondo de Cultura Económica:206), incluso el propio Keynes optó por atacar la Ley de Say, usando el término de economía clásica para denotar la amplia corriente de economía ortodoxa que va desde Adam Smith hasta Pigou, y que cayó víctima de la Ley de Say, a excepción de Malthus, supongo. En otras palabras, Malthus reconocía que los gastos de consumo representaban la demanda, pero de ningún modo garantizaban la demanda efectiva. De esta manera, Malthus argumentaba la posibilidad de una plétora o desbordamiento de mercancías. Por tanto, y aceptada la posibilidad de que pudiera darse una sobreproducción de mercancías, se lanzó a la tarea de buscar las causas que desarrollaran la capacidad productiva “en forma de riqueza creciente”. Estos estímulos procedían del lado de la demanda. Dejando a un lado las cuestiones morales y políticas, que como mínimo debían de garantizar la seguridad de la propiedad, y centrándose en los efectos que sobre el crecimiento económico tiene el aumento de la población, el ahorro, la fertilidad del suelo, el progreso tecnológico, resaltó la idea de que lo que mejor contribuye al aumento de la riqueza es una feliz combinación entre distribución y producción.

Libro: Los Principios de Economía Política

Malthus se alejó de la solución del problema, puesto que, a la hora de justificar su argumento, se apartó de la claridad que la teoría del dinero proyecta sobre la imposibilidad de una plétora de todas las mercancías, un rechazo que le alejó aún más de la posibilidad de incorporar a su explicación cuestiones relativas a la rigidez de precios, un argumento que su panegirista del XX sí utilizó y que desafortunadamente condenó a las economías a tan altos niveles de inflación y desempleo. Malthus, en cambio, argumentaba que, por ser la mayoría de los consumidores trabajadores, nunca podrían comprar los productos fabricados por ellos mismos porque el valor de la producción superaría el valor de los salarios pagados. Malthus tuvo que confiar en otra clase social para que ayudara a colocar los productos, los denominados consumidores improductivos. Estos consumidores no aumentan la oferta de bienes, y como no venden, sino que se limitan a comprar, su función es importante, al hacer que la demanda sea lo suficientemente efectiva como para colocar el producto nacional. La labor de Malthus al final de los Principios fue la de encontrar individuos que consumieran, pero que no produjeran, porque de lo contrario se mantendría la falta de adecuación de la demanda y la oferta. Descartados los trabajadores, excluidos también los capitalistas, cuyo consumo improductivo estaría en contradicción con sus costumbres, que les obligan a ahorrar inmensas fortunas para mantener a su familia y a jornadas intensivas “en sus oficinas” que les impiden consumir improductivamente, encuentra esa clase de consumo en los terratenientes. Así, la utilidad de los terratenientes y su consumo improductivo es fundamental porque impulsa el crecimiento económico al mantener en equilibrio la producción y el consumo, proporcionando “el mayor valor en cambio posible a los resultados del trabajo adicional”. Fue el propio Keynes el que reconoció en su Teoría General de la ocupación el interés y el dinero (1936) la incapacidad de Malthus a la hora de rebatir la doctrina de Ricardo de que era imposible una insuficiencia de demanda efectiva. Afirmaba Keynes que la dificultad de Malthus para explicar cómo y por qué la demanda efectiva podría ser deficiente o excesiva no logró dar una construcción alternativa, y Ricardo conquistó Inglaterra totalmente como la Santa Inquisición conquistó España “Ricardo conquered England as completely as the Holy Inquisition conquered Spain” (Keynes, J.M., The General Theory, McMillan:32).

En la historia de la teoría económica abundan leyes: la Ley de Gresham, la Ley de Say, la Ley de la Oferta y la Demanda, la Ley de los Rendimientos Decrecientes, la Ley de la Utilidad Marginal Decreciente, etc. Los Principios de Malthus, y la magnifica edición del Instituto de Estudios Fiscales, permiten adentrarse, entre otros, en uno de los debates más apasionantes en el ámbito de la historia del pensamiento económico: la Ley de Say y la teoría de las saturaciones de Malthus.